El payaso callejero (parte 2)

Algún día cualquiera hace algunos años; no sé cuántos, pero de seguro no más de 25 ni menos de 20, aquella chavita de 16 años que cayó tan fácil con la casaca del jardinero de la colonia estaría pariendo la primera de cinco veces que lo haría en su vida, dando a luz a aquel niño que al abrir los ojos nunca supo si por fin era libre, o apenas empezaba la más enigmática de las esclavitudes; en un cuarto alquilado a la mitad de la madrugada, a punto de morir los dos y con la ayuda casi irrelevante de su padre, quien lo único que pudo hacer fue cortar el cordón umbilical con los dientes.

Como fuera, lo único que de seguro no sabía, es que un día estaría luchando por su libertad contra su alter-ego curiosamente idéntico a su padre biológico: aquel jardinero que tardaba doce horas en un fin de semana chapeando grama para ganarse lo que se gastaría en un día y medio en alguna cantina (de la que no lo hayan vetado aun por no pagar la cuenta).

Ni siquiera la imaginación de un niño ante el paraíso que es para ésta un volcán de arena y unas piedras era capaz de mantenerlo completamente distraído de aquella sensación tan desagradable de no tragar nada más que saliva durante hasta tres días en varias ocasiones. Las pelotas de plástico que bajaba de los techos de las casas aledañas tampoco le quitaban el dolor de la espalda y las piernas que le dejaban los cinchazos que su padre le daba sin razón aparente, cuando de repente decidía una de tantas noches regresar a dormir a su cobacha completamente ebrio.

Sin embargo, no hay día más marcado en la vida del payaso callejero que aquel en que sus ojos se irritaron de tanto derramar lágrimas día y noche sin parar durante casi una semana por haber hallado entre la grama larga de un terreno baldío, tras varios días de búsqueda, el cadáver de su propio padre: ese hombre que lo engendró por accidente y lo trajo a compartir consigo su miseria; ese hombre que lo golpeaba a él, a su madre y sus dos hermanos menores; ese hombre que prefería alcoholizarse por días antes de comprar una tortilla para sus hijos; sí, ese hombre que inexplicablemente amaba.

Ahora es más fácil entender, quizás, por qué ese niño encarcelado en sus entrañas odiaba tanto la figura paterna inexplicable que un día invadió su cuerpo y mente y se formó sin previo aviso…

Nos sobran los motivos (por Joaquín Sabina)

Este adiós no maquilla un hasta luego.

Este nunca no esconde un ojalá.

Estas cenizas no juegan con fuego.

Este ciego no mira para atrás.

*

Este notario firma lo que escribo;

esta letra no la protestaré.

Ahórrate el acuse de recibo,

estas vísperas son las de después.

*

A este ruido tan huérfano de padre

no voy a permitirle que taladre

a un corazón podrido de latir.

*

Este pez ya no muere por tu boca,

este loco se va con otra loca,

estos ojos no lloran más por ti.

Les iba a decir algo, pero mejor no.

unblocksoloporjoder:

Les iba a decir que ya no hallo la hora en que se muera y se pudra en el infierno toda la generación de viejos fascistas, hipócritas y ultraconservadores, que solo velan por su propio culo para que las cosas no cambien y así mantener al resto del mundo sumido en la mierda mientras ellos se la pasan de maravilla, pero seguro lo mismo dirán de nosotros dentro de unas cuantas generaciones y pues mejor no.

El payaso callejero (parte 1)

Trae en ese chaleco de tela camuflada unas cuantas manchas que no le recuerdan a nada, pero lo hacen pedazos por dentro. Su pantalón es verde, bien combinado con el chaleco y una playera negra que ya se ve gris de lo desteñida que está. Sus zapatos son de esos que por usados que estén, no se rompen: solo se desgastan hasta que el primer agujero se abre; eran color café con suela amarilla. ¿Por qué la vestimenta muy a lo Fidel Castro? No sé, ni me importa. De hecho tampoco sé por qué fue lo primero que describí. Quizás solo quería entrar en calor para no descuidar detalles de lo realmente relevante de su apariencia.

Con tantas cicatrices llamativas en sus brazos era difícil imaginar que las verdaderamente grandes (si es que eran ya cicatrices y no heridas aun) estaban en los brazos de alguien más.

Con esa pintura blanca, naranja y negra espesa y mal esparcida por su mentón y ojos, era difícil imaginar que el verdadero maquillaje era su piel manchada y levemente deformada, medio oculta tras la barba dispareja que le ayudaba a darle forma.

Casi nadie notaría que en sus codos y nudillos llenos de sangre seca con tierra se reflejaba la figura paterna de algún vago sin futuro que luchaba desde afuera por no dejar salir a un triste niño maltratado, desde adentro del pellejo más costoso de romper que tenía, y a la vez el más vulnerable.

Lo curioso de ese niño en cautiverio es que soñaba con salir de ahí, como es típico en los niños: soñar y soñar; sin embargo, no era un sueño bondadoso, sino un deseo irrefrenable de coger su libertad para acabar de una vez por todas en venganza con esa figura paterna que llegó un día a invadir su territorio y a encerrarlo con tácticas sucias y persuasivas. Quería conocerse y descubrir si no se odiaría a sí mismo también.

Ese padre cruel que apareció sin invitación alguna un día que ni el niño ni él mismo conocen, no era el centro del círculo vicioso del maltratador de aquel cuerpo compartido, sino una máscara que se mantenía en el momento de hacerse daño a sí mismo, y que dejaba al descubierto al niño cuando el hambre, la tristeza, los problemas, la nostalgia y la frustración eran quienes decidían hacerlo. Cruel, pero astuto el muy hijo de puta.

Los nudillos y los codos eran salidas ya abortadas: algo así como los túneles que cavan los presidiarios y quedan inconclusos por topar con una roca. Sin embargo, el niño preso aun tenía una salida, pero era demasiado pequeña para hacerse notar ante tanta gente que puede ver, pero no sabe mirar. No era mucho el tiempo en que podía asomarse, pues rápidamente se empezaba a ahogar en líquido y debía regresar a tomar aire.

De eso último partiré para describir lo relevante de su apariencia: el niño frustrado se asomaba por sus ojos a gritar pidiendo ayuda, pero era algo efímero, pues cada vez que se humedecían sin razón aparente, él regresaba quien sabe a donde, y volvía al rato conforme al progreso del monólogo gracioso del payaso callejero.

Tras cada uno de sus chistes de humor blanco que hacían reír a uno que otro despistado poniéndole atención, la risa aguda y artificial que era parte de su show sin presupuesto se veía acompañada de una sonrisa que no sé con qué palabras describir, pero lo intentaré: vacía, lúgubre, fingida, forzada, dolosa y que no era más que músculos faciales enseñando su dañada dentadura, al mismo tiempo que sus ojos se empezaban a mojar y demostraban, ambos gestos en conjunto, la mejor definición física que he podido hallar para lo que sea que englobe en un solo concepto “soledad, frustración y desgracia”. Sí, algo así era su sonrisa.

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