Trae en ese chaleco de tela camuflada unas cuantas manchas que no le recuerdan a nada, pero lo hacen pedazos por dentro. Su pantalón es verde, bien combinado con el chaleco y una playera negra que ya se ve gris de lo desteñida que está. Sus zapatos son de esos que por usados que estén, no se rompen: solo se desgastan hasta que el primer agujero se abre; eran color café con suela amarilla. ¿Por qué la vestimenta muy a lo Fidel Castro? No sé, ni me importa. De hecho tampoco sé por qué fue lo primero que describí. Quizás solo quería entrar en calor para no descuidar detalles de lo realmente relevante de su apariencia.
Con tantas cicatrices llamativas en sus brazos era difícil imaginar que las verdaderamente grandes (si es que eran ya cicatrices y no heridas aun) estaban en los brazos de alguien más.
Con esa pintura blanca, naranja y negra espesa y mal esparcida por su mentón y ojos, era difícil imaginar que el verdadero maquillaje era su piel manchada y levemente deformada, medio oculta tras la barba dispareja que le ayudaba a darle forma.
Casi nadie notaría que en sus codos y nudillos llenos de sangre seca con tierra se reflejaba la figura paterna de algún vago sin futuro que luchaba desde afuera por no dejar salir a un triste niño maltratado, desde adentro del pellejo más costoso de romper que tenía, y a la vez el más vulnerable.
Lo curioso de ese niño en cautiverio es que soñaba con salir de ahí, como es típico en los niños: soñar y soñar; sin embargo, no era un sueño bondadoso, sino un deseo irrefrenable de coger su libertad para acabar de una vez por todas en venganza con esa figura paterna que llegó un día a invadir su territorio y a encerrarlo con tácticas sucias y persuasivas. Quería conocerse y descubrir si no se odiaría a sí mismo también.
Ese padre cruel que apareció sin invitación alguna un día que ni el niño ni él mismo conocen, no era el centro del círculo vicioso del maltratador de aquel cuerpo compartido, sino una máscara que se mantenía en el momento de hacerse daño a sí mismo, y que dejaba al descubierto al niño cuando el hambre, la tristeza, los problemas, la nostalgia y la frustración eran quienes decidían hacerlo. Cruel, pero astuto el muy hijo de puta.
Los nudillos y los codos eran salidas ya abortadas: algo así como los túneles que cavan los presidiarios y quedan inconclusos por topar con una roca. Sin embargo, el niño preso aun tenía una salida, pero era demasiado pequeña para hacerse notar ante tanta gente que puede ver, pero no sabe mirar. No era mucho el tiempo en que podía asomarse, pues rápidamente se empezaba a ahogar en líquido y debía regresar a tomar aire.
De eso último partiré para describir lo relevante de su apariencia: el niño frustrado se asomaba por sus ojos a gritar pidiendo ayuda, pero era algo efímero, pues cada vez que se humedecían sin razón aparente, él regresaba quien sabe a donde, y volvía al rato conforme al progreso del monólogo gracioso del payaso callejero.
Tras cada uno de sus chistes de humor blanco que hacían reír a uno que otro despistado poniéndole atención, la risa aguda y artificial que era parte de su show sin presupuesto se veía acompañada de una sonrisa que no sé con qué palabras describir, pero lo intentaré: vacía, lúgubre, fingida, forzada, dolosa y que no era más que músculos faciales enseñando su dañada dentadura, al mismo tiempo que sus ojos se empezaban a mojar y demostraban, ambos gestos en conjunto, la mejor definición física que he podido hallar para lo que sea que englobe en un solo concepto “soledad, frustración y desgracia”. Sí, algo así era su sonrisa.